Esta receta es un pequeño homenaje a mi abuela María que no conocí. El otro día estaba en el Horno San Bartolomé de Jesús Machí del que soy amigo (sí, amigo) y estaba realizando pruebas para un mollete gallego. Comentando que se trataba de un pan más bien con una textura blanda, creo que fue a él al que se le ocurrió rellenarlo con unas habas. Pensé que si cortaba la tapa y lo rellenaba con ellas podría quedar como un típico bocadillo valenciano pero con una forma curiosa. Fui al Mercado de Algirós de Valencia y compré unas habas. Eran muy pequeñas y me vino a la cabeza un comentario que siempre me hace mi madre. Mi abuela las preparaba con su piel si eran tan pequeñas y tenían mucho más sabor, o eso al menos me decía mi madre. Así que decidí probarlas así ya que nunca las había hecho. Por desgracia no conocí a ninguno de mis 4 abuelos y esas cosas marcan en la vida. Como ya he dicho en alguna que otra ocasión, decían que era una gran cocinera y sobre todo repostera. Estoy seguro que yo no le llego ni a la suela de los zapatos, porque antes cocinaban con 4 ingredientes y hacían unos platazos impresionantes.
Como soy un afortunado de la vida y sobre todo un agradecido por todo lo que hoy en día tengo, quise terminar esta receta con dos productos que me regalaron Miguel Ángel Sahuquillo, un gran panadero de Villamalea (Albacete). Miguel Ángel me trajo hace unos meses un queso de la quesería La Rueda semicurado y de leche cruda, Morquera y la otra persona una morcilla de un pueblo andaluz.






